Ésta noche el universo sigue girando, pero nuestra órbita compartida durante un año ha completado la vuelta. Hoy te escribo para sellar para siempre la constelación que dibujamos juntos, antes de que las agujas del tiempo remuevan el polvo cósmico.
Prometimos dosis equivalentes de libertad: yo cuidar mis raíces, tú remendar tus alas. Escuchamos el murmullo de Misha decir “cumplan sus sueños”, y cada quien aceptó el reto, sabiendo que el mundo cabe en un abrazo.
Tres fue siempre nuestro número secreto. Tres apodos, tres carcajadas que hicieron eco en la noche, tres encuentros de piel perfectos donde comprobé que la travesura es una ciencia exacta cuando la dicta el corazón. Quizá por eso, porque todo lo mejor siempre ocurre en tríadas, el camino tenía que bifurcarse también en tres: un sendero para tus alas, otro para mis raíces y uno invisible donde seguirá latiendo lo que una vez fuimos y que nada podrá deshacer.
Wini, si algún día tus pasos te llevan de nuevo al bosque de encinos donde nuestras huellas algún día caminaron juntas, deja que nuestro árbol siga siendo centinela, custodiando esos momentos breves pero hermosos que pasamos bajo sus hojas. Yo, mientras tanto, atenderé el llamado de mi “deber ser”, pero si las sombras se alargan haré una pausa a las 3:33 para soplarte un pensamiento de viento fresco, esté donde esté, ya sea en este plano o en el astral. Y no solo a esa hora, cada vez que el reloj marque las 11:11 recuerda que la magia cósmica no caduca, solo se transforma.
Hoy nos despedimos para que nazcan nuevas constelaciones. Me quedo con esos instantes en que tu risa estalló y que, sin previo aviso, me embargó la misma alegría, como si tu latido encendiera el mío. Si eso no es amor entonces no sé lo que es.
Te amo. Estoy en paz, me mantengo fuerte, y sin embargo el 11:11 seguirá latiendo bajo mi piel, en éste universo y en muchos universos más.